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Desde su primera exposición, hace casi 50 años, el universo visual del artista atrajo la atención de propios y extraños en el ámbito de la pintura mexicana de comienzos de la década de los setentas. Después de la consolidación de la Generación de la Ruptura, en especial la tendencia abstracta y geométrica, varios pintores de la nueva promoción emprendieron búsquedas diversas encaminadas a resignificar la plástica figurativa distantes de los tópicos de la escuela nacionalista, empresa afín en obras como la de Rafael Coronel, Francisco Corzas, José Luis Cuevas o Francisco Toledo, pintores inscritos ciertamente en la ola rupturista. El relevo generacional tuvo en Arturo Rivera a un creador singularmente excepcional; dotado de un notabilísimo dibujo y de un rigor en el oficio y en las técnicas pictóricas y gráficas, fue desvelando paulatinamente el mundo de la psique humana, poblada de símbolos y mitologías puestos a prueba en el tiempo del presente, en su angustioso y violento caos, en su ruinosa y desacreditada belleza.

 

Desgarradura y espasmo, revelación siniestra y beatífica, ático del conocimiento y sótano de la pesadilla, los rituales interiores de Rivera aparecen frente a los ojos del espectador como umbrales de una posible iniciación. Asimilado el magisterio de los grandes maestros del Renacimiento italiano, el Barroco español y flamenco —al que habrá que sumar momentos climáticos del Romanticismo inglés, francés y alemán—, el mexicano recorrería un camino tocado por el peligro y lo ignoto de la figura humana, ese territorio siempre a punto de colapsar por los dictados sin réplica del amor y la muerte. La exposición de 1982 en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México es un hito en la plástica mexicana y un momento estelar para Arturo Rivera, un hacedor de imágenes perturbadoras que ya se encuentra, en esa fecha axial, en sus plenos poderes; auténticas puestas en escena que turban al ojo y a la conciencia, sus piezas son a un mismo tiempo una tratado de composición —crítico de la tradición heredada y del artificio aprendido— y una cartografía a la vida interior. En esa febril correspondencia, de forma y fondo, el ejercicio pictórico se torna, en varios episodios de su trayectoria visual, en introspección y autobiografía, exorcismo y confesión, travesía por los “paisajes íntimos”.

 

Para cuando expone El rostro de los vivos (2000) en el Palacio de Bellas Artes, el reconocimiento internacional del mexicano es una realidad, confirmada cinco años más tarde con la obtención del Primer Premio en la Bienal de Pekín. Desde tal perspectiva extramuros, es dable encontrar correspondencias entre su trabajo y la obra de Francis Bacon y Lucien Freud, en lo tocante a la fascinación del primero por la anotomía doblemente expuesta —es decir, mostrada y puesta en riesgo— y el retrato inclemente con narrativas y dramas incluidos del segundo. O las confluencia entre sus lienzos y papeles donde aparecen, al lado de sus personajes de vida intensa, animales, frutos y enseres de usos diversos, tan presentes también en los cuadros del español Antonio López, el estadounidense Andrew Wyeth y el inglés Lucian Freud; en cada uno estos de estos artistas mayores, la existencia detenida de los objetos que acompañan al hombre en su aventura terrenal cobran un significado más hondo y complejo que el de su posible condición ornamental. En sus tácitas o tangenciales naturalezas muertas —la still life de los sajones y la stilleven de los holandeses—, las composiciones de Arturo Rivera pactan en el espacio inestable de la superficie pictórica un encuentro intenso y armónico entre lo fugaz y lo eterno.

 

En los años que han corrido por este tercer milenio, el artista ha sido fiel a sus abismos y epifanías, aunque siempre en estado de alerta evitando a toda costa la producción en serie o los delirios impuestos por el mercado o los caprichos institucionales. En su credo, la pintura es todavía una terra incognita, un ejercicio socrático para reinventar el arte de las preguntas, la ventana del ahora donde reaparece lo que fue y lo que será con otro ímpetu y bajo otra circunstancia, un aprendizaje cotidiano para el buen morir… Entre las obras maestras de Arturo Rivera, piezas que no pueden faltar en cualquier muestra antológica del arte mexicano, se localizan El rito (1987-1988), El veedor (1990), La flor (1991), Ecce-Homo (1992), La última cena (1994), Angelito (1995), Herodes y sus verdugos (1995), Ejercicio de la buena muerte (1999), Tragafuegos (2000), Centauro (2000), La medusa (2001), Autorretrato (2003), Llegando a Nueva York (2004), D.F. (2008) o Clase de anatomía (2009). Por supuesto, en el gusto e interés de otra mirada, esta muestra puede cambiar dando lugar a una nueva selección que incorpore otros cuadros, ciertamente, sobre la base de los aquí enumerados. El legado visual del pintor, “lúcidamente hechizado” de las formas y del color, enriquece la vida despierta y onírica de los mortales, la torna más plena y fascinante “bajo el estrépito y la furia”, vida de vivir aquí, tan sólo un momento, entre los rostros de los vivos.